
Allá por el mes de noviembre del año 2007, quedé finalista en un certamen literario con este relato (espero que os guste):
DEL AMOR Y OTROS CONTRATIEMPOS CARDÍACOS
Estoy enamorada, pero… ¿enamorada de quién? ¿Del repartidor de periódicos que cada día se pasa por mi mesa de la oficina con ese vaivén que me tiene frita?, ¿de mi compañero del cubículo de al lado que se pasa el día haciéndome favores?, ¿de mi jefe por aquello de la erótica del poder?, ¿de mi casero?, que al contrario de casi todos los caseros, el mío es un señor mayor que guarda todo el encanto del bellezón que tuvo que ser en su juventud, ¿de mi amigo gay que me gustaría no fuese tan gay para que de vez en cuando pudiese consolarme?, ¿del conductor del autobús con el que me cruzo cada mañana unos buenos días sin mucho afán, o al igual es el de la tarde con el que, tampoco con muchas ganas, cruzamos un buenas tardes?. No sé, tengo tantas posibilidades que lo único que sé, es que estoy enamorada. Pero claro hay una cosa que no entiendo, desde siempre he cultivado la idea de que durante la etapa del enamoramiento sólo tienes ojos para esa persona, así que si yo estoy enamorada de A, como es posible que me ponga B, me guste C y le tenga cierto cariño a D, ¿seré demasiado promiscua? No creo, nunca he sido de esas que se van con cualquiera, claro que tampoco se me ha dado la oportunidad. Mis amigos, lo más íntimos, a los que puedo contar todo esto que se me pasa por la cabeza acerca del amor y otros contratiempos cardiacos, me dicen que no es que no se me de la oportunidad, es que siempre estoy con el escudo y no lanzo señales suficientemente visibles; que siempre recuerde que los hombres son simples. Con esto entiendo que si yo no lanzo ninguna señal de disponibilidad, ellos no se atreven a acercarse y que además si yo doy muestras de esa señal a cualquier hombre del planeta, éste por arte de birlibirloque será mío, al menos por una noche, porque suele ser lo que los hombres entienden como relación; ya como relación duradera, a acostarnos cada fin de semana, durante un tiempo indeterminado, hasta que uno se enamoré del otro sin encontrar reciprocidad, este punto por alguna razón que no alcanzó a entender, casi siempre le llega primero a la mujer (siempre hablando de relaciones heterosexuales, se entiende), o hasta que te hartas siempre de vez lo mismo y cada vez haces más dispersos los polvos en el tiempo hasta que acaban por no existir. Y un día te encuentras al que fue tu socio bajo las sábanas durante un tiempo y casi es un extraño, os ponéis a conversar del único nexo de unión y llegáis a la conclusión de que ninguno de los dos sabe porque se acabó y como mucho, la mujer, recordará justamente la fecha en la que se produjo aquel último coito; quizá ella, sí, en su subconsciente sabía que aquello no se iba a repetir, se había vuelto monótono y si él no quería compromiso, ella no quería monotonía.
A lo que venía todo esto, es que siento el palpitar aquí en mi pecho con más fuerza de lo habitual, tengo mariposas rondando mi estómago y como dicen los expertos estoy en una época de idiotez permanente, síntomas claros del enamoramiento sin rendición.
Puedo visualizar con claridad meridiana como será el día de mi boda, como es mi vestido blanco, como una paloma de la paz, pero no logró divisar la cara de mi esposo. Sin embargo, allí están todos los invitados, mi madre de negro riguroso, pues a penas hace dos años falleció mi padre y ella es muy tradicional o como ella dice una mujer como han de ser las mujeres.
Estoy tan enamorada, que ese día es uno de lo más felices de mi vida, no digo el más feliz porque puedo sentir y ver a mi primer hijo. Hasta creo tener contracciones.
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- Hola María.
- Hola Pablo, ¿qué tal?
- Bueno, por aquí las cosas igual que siempre. ¿Qué tal papá y mamá?
- Papá como siempre, hecho un chaval y mamá… mamá también más rejuvenecida cada día. Esta mañana hemos ido a hablar con su médico y su estado actual, tan eufórico, sólo es una fase más de la enfermedad.
- ¿Qué quieres decir?
- Mamá cree que tiene veinte años, que aún no se ha casado con papá, que aún no hemos nacido nosotros. Ahora te vas a reír, aunque no es para reírse, a veces la vemos en el sofá, sudando y jadeando y dice que esta dando a luz a su pequeña María, papá y yo le seguimos la corriente y enseguida nos convertimos en un tocólogo y un comadrón de lo más eficaces, en dos minutos estás en el mundo, en contra de las treinta y siete horas de parto que realmente le hiciste pasar.
- Pero… Pablo, ¿cuánto tiempo durarán los delirios de mamá?
- No se sabe, seguramente su regresión llegue hasta que se acabe comportando como un bebé y después de llegar a este punto pues nadie sabe, los médicos nos piden paciencia.
- No entiendo nada - María, llora desconsoladamente.
- María, tranquila. De momento mamá está bien, es feliz en sus veinte años. Hasta tú y yo volveríamos alguna vez a esos veinte años.
- No digas tonterías, ¿cuántas locuras puede cometer?
- Ninguna, papá siempre la acompaña y ¿sabes lo qué me dice mamá?... Que papá es una amigo gay un poco plasta - se oyen risas a un lado y otro del hilo telefónico.
- Pablo, ¿de verdad, estáis bien?
- Sí, no te preocupes, si las cosas empeoran te avisaré.
- Sí, por favor, dímelo y cogeré el primer avión hacía España.
- Adiós, guapa, ¡Buenos días!
- ¡Buenas noches! Para ti.
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¡Qué mujer más guapa tengo!, a sus setenta años sigue siendo tan guapa como el mismo día en que la conocí y ahora con esa explosión de vida que parece tener, esas mejillas siempre sonrosadas y esa boca que difumina sonrisas por todos los espejos… Quiero tenerla siempre a mi lado.
Recuerdo lo que tuve que luchar por ella sin que ella se enterase, ni los demás tampoco. A ella, parecían gustarle todos, el compañero del cubículo de al lado, el repartidor de periódicos, su casero y yo sabía que para ellos, aquella ninfa salida como de otra dimensión tampoco les era indiferente.
Poco a poco la fui trayendo a mi terreno, donde ella eficazmente ponía una barrera. Yo era su jefe y ambos teníamos que andar con cuidado, pero fue, cuando ella encontró un nuevo empleo y el resto de compañeros le hicieron una cena despedida, donde por casualidad me invitaron, cuando yo me declaré, desde entonces hasta la fecha nunca nos hemos separado.
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- ¡Papá, papá!
- Dime querida.
- ¿Mañana me llevarás al cole en el coche nuevo?
- Sí, si tú lo quieres así. - Le dio un beso en la frente y la envió a la cama.
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- Pablo, hijo, ¿te he despertado?
- No, papá, acabó de hablar con María.
- ¿Y cómo está?
- Bien, aunque la he dejado algo preocupada. Pero tú… ¿para qué llamabas?
- Tu madre tiene ocho años.
- Ha empeorado mucho, ¿no?
- No hijo, ha rejuvenecido mucho. – dijo padre para restar importancia al asunto.
- Mañana llamaré a María y le diré que venga, los acontecimientos se están precipitando.
- Sí, hijo, pero quizá sea para nada. Al igual puede seguir eternamente en los ochos años.
- Papá, eres un gran optimista. Buenas noches.
- Buenas noches, hijo. Hasta mañana.
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Estoy en la cama escribiendo mi diario y mi papá no viene, me ha enviado a la cama y todavía no ha venido a arroparme, seguro que otra vez se ha olvidado de mí entre tantos papeles como trae de la oficina.
Mi amiga Clementina está mañana me ha invitado a una piruleta pero eso le ha dado derecho a quitarme a Sebastián, mi novio de toda la vida, desde que íbamos al parvulario. Mañana le pegaré un chicle en el pelo, para que aprenda.
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- María, soy Pablo
- ¿Qué pasa Pablo?
- Mamá tiene ocho años.
- ¡¡¡¿Qué?!!!, si ayer mismo tenía veinte.
- Sí, va perdiendo edad más rápido de lo que imaginábamos.
- Cojo el primer vuelo y os veo lo antes posible.
- Un beso.
- Un beso, gracias por llamar. Besos a papá.
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Cuando María llega en el aeropuerto la espera su hermano, se abrazan, hace más de dos años que no se veían las caras.
Meten la maleta en el coche y mantienen una conversación amena fuera del tema que realmente les ocupa.
Cuando entran por la puerta de casa, María se acerca a su padre y lo abraza, le extraña que el abrazo de su padre sea tan frío, él siempre ha sido muy efusivo con sus sentimientos, de pequeña incluso la agobiaba que la besará tanto.
Suben las escaleras del primer piso y allí sobre la cama María observa a su madre, está enroscada en su camisón, balbucea, lloriquea. María se acerca la coge de cintura para arriba y acerca la cabeza de su madre a su pecho. – Ea, ea, mi niña – la madre se tranquiliza y con el vaivén que su hija le está regalando y la nana que le tararea entre lágrimas, la mujer se queda dormida, dormida para siempre.
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- Pablo, ¿esta noche nos iremos de marcha? – Pablo llora por la muerte de su madre pero contesta a su padre.
- Sí, papá, esta noche nos iremos de marcha. Y cuando seas un niño, te ayudaré a hacer los deberes. Y cuando seas un bebé, María te cogerá entre sus brazos y te cantará una nana.