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viernes, 28 de septiembre de 2007

LO QUE SE LEE


Lo he acabado de leer. Ocho días para cuatrocientas treinta páginas no está mal, no es un record personal y tampoco quiero convertir mi afán por leer en eso…, un concurso. Aunque los demás se empeñen. ¿Leo demasiado?, no creo, nunca se lee demasiado, de hecho no tengo mucho tiempo para dedicar a la lectura, sí, se que mucha gente no lee nada haciendo útil el no tener tiempo, siempre se tiene tiempo para hacer lo que te gusta, una sola página diaria, un párrafo, en mi caso sería imposible porque necesito al menos leer un capítulo. Por ejemplo, yo no tengo tiempo para ir al gimnasio, aunque podría hacer ejercicio y leer al mismo tiempo, pero como no me gusta hacer deporte pues digo que no tengo tiempo.

A ella le gusta que me lea libros que ella ya se leyó en algún momento, para luego tener con quien comentar el argumento. No siempre coincidimos en el gusto pero la diversidad siempre aporta algo.
Se lo tengo que decir - Lo he acabado de leer – todavía es tarde o temprano, según se mire, para llamarla. Son las tres de la madrugada.

No tengo sueño, me levanto, me pongo las zapatillas y voy a la cocina, bebo un vaso de agua y de vuelta, pasillo adelante para ir a la cama, antes de quitarme las zapatillas vuelvo hacía atrás y miro en las estanterías: - éste ya me lo he leído, éste también, éste también… No tengo ninguna novedad. Vuelvo a la cama y justo cuando estoy cubriéndome con la primera capa, las sábanas, recuerdo que la semana pasada compré una novela en la librería de la estación. Me vuelvo a levantar, ahora ni me pongo las zapatillas, rebuscó en un par de bolsas, aquí está. Releo la misma sinopsis que leí en la tienda, abro la primera página y empiezo a introducirme en la historia que el autor tiene a bien explicarme.
Ya llevó unas veinte páginas, pongo una marca y cierro el libro, tengo que dormir. Apagó la luz de la lamparita y sigo sin poder pegar ojo. Me doy media vuelta, no encuentro la postura, quizá deba seguir leyendo.

Mañana le diré que ya me lo he leído y que he empezado otro que seguro le gustará. Una vez lo termine se lo prestaré y luego, pasado, calculó un par de meses podremos comentar que nos ha parecido.
En el primer capítulo, hablan de la muerte en extrañas circunstancias de una mujer.
Recojo la novela de la mesita de noche y la abro por donde la había dejado, sigo leyendo. Ahora habla de otra mujer que esta en su piso leyendo un libro que la está intrigando. No puede parar de leer. Yo tampoco, se que hoy no me dormiré hasta llegar al final.

Mañana le diré que he leído los dos, podremos hacer una buena crítica.

La chica que describe el autor leyendo un libro, bien podría ser yo misma hoy.
Son las seis de la mañana y a penas me restan cien páginas para llegar al final.
Una mujer muere y otra lee un libro, me planteó si ahora alguien estará muriendo. El libro le va dando pistas de como ha muerto esa mujer: han entrado en su apartamento, han intentado robarle, ella se ha despertado y ha resultado mortalmente golpeada. La policía no tiene ni idea de quien ha podido ser. La segunda mujer, la del libro, sabe que ha sido el amante y ahora tiene que contárselo a la policía.

Tengo ganas de acabarlo. La llamaré y le diré que hoy tenemos de que hablar.

La última frase de la novela dice: “Llama a la policía, ha sido el amante”

Ya son las nueve de la mañana, estará levantada, así que es una hora prudente para llamar. Una voz masculina me contesta, preguntó por ella y al otro lado se me identifican como agente de la policía. Sin muchos preámbulos me dicen que ella ha sido asesinada. Sólo acierto a decir:

- Ha sido el amante.

miércoles, 13 de junio de 2007

EL AULA DE FLAMENCO

¡ARSA!, ¡MIRA!, ¡OLÉ, OLÉ!, ¡POM, POM!, resonaba en el silencio nocturno del aula de flamenco. Eso venía sucediendo desde pocos meses después de que desapareciera, en circunstancias extrañas, Amparo, la profesora que en aquella época tenía contratada la academia como profesora de flamenco.

Ramiro era el bedel. Lo dejaban vivir en un pequeño cuarto del centro y a cambio de techo y un mísero sueldo, la verdad, vigilaba el centro de día y de noche, tampoco se le podía pedir gran cosa ya que el hombre le daba, con más frecuencia de la deseada, a la botella.

Un día, un grupo del profesorado estaba comentando lo mucho que aún echaban de menos a Amparo, que nunca se acostumbrarían a su ausencia. Todos confiaban en que todavía estuviera viva. Con ella lo único que desapareció fue su bolsa de trabajo, una camiseta, una falda, unos zapatos de tacón, unas castañuelas, un par de cd’s y poco más. Tan siquiera había cogido su bolso con la documentación, éste estuvo en su taquilla hasta que la policía la abrió.
Ramiro estaba escuchando la conversación y sin dirigirse a nadie en concreto dijo:
- La profesora viene cada noche a dar clases.
Todos se giraron al unísono:
- Ramiro, ¿qué ha dicho?
- Pues que la profesora esa de la que hablan viene cada noche a dar sus clases.
- ¿Está seguro?
- Pues claro. Desde que le cambiaron el turno viene cada noche pero es extraño porque no se ven alumnos.

Los profesores se miraron unos a otros con incredulidad y no volvieron a comentar el tema.

Ramiro cada noche oía: ¡ARSA!, ¡MIRA!, ¡OLÉ, OLÉ!, ¡POM, POM!,

Tatiana, la profesora de clásico, llegó más temprano de lo que era habitual y tuvo que picar durante un buen rato hasta que Ramiro le abrió la puerta.
- Ramiro, llevo media hora picando.
- Lo siento señorita, es que esta noche la clase de flamenco ha acabado muy tarde y me he dormido – comentó entre bostezos
- ¿La clase de flamenco?
- Sí señorita
Tatiana no preguntó nada más y sus pasos se dirigieron al aula de flamenco. Las piernas le flojearon cuando fijó su vista en el mantón que había colgado en la pared del fondo, estaba bien colgado pero parecía como mojado, sudado. El mantón era de Amparo, lo habían colgado allí en su honor.
Salió corriendo y se metió en la sala de profesores, estaba sofocada. Se fue tranquilizando a medida que iba pensando que Ramiro le había creado sugestión.
Cuando llegaron sus compañeros comentó el tema con ellos y todos estaban de acuerdos en que Ramiro empinaba demasiado el codo y que hacerle caso en algo así sería formar parte de su locura etílica.

Una semana después, serían las cinco de la madrugada, Tatiana despertó de golpe y a pesar de que no tenía clases hasta las nueves se fue para la academia.
Igual que otras mañanas estuvo picando un buen rato, hasta que Ramiro conseguía despertarse y abrirle la puerta.
Se cambió en los vestuarios y se dirigió hacia su aula pero antes se detuvo en la de flamenco.
La vista se le fue hacia el mantón. Este estaba mal puesto, arrugado y algo húmedo. Se enfadó, le parecía un abuso por parte de Ramiro utilizar cualquier pertenencia de las aulas pero aún más un recuerdo.
Fue hasta recepción y picó a la puerta que había detrás del mostrador principal, era la puerta de la “casa” de Ramiro. Éste le abrió:


- Hola señorita, ¿en qué le puedo ayudar?, ¿le pasa algo?
- Sí. Mira Ramiro si sigues utilizando las cosas sin ningún respeto tendré que dar parte a dirección – estaba muy enfadada
- ¡Yo no toco nada, yo no toco nada! – como era primera hora y todavía no le había dado tiempo de emborracharse parecía sincero.
- ¿Y qué dice del mantón del aula de flamenco?, el que hay en la pared.
- Yo no toca nada. Serán los de las clases nocturnas.
- Vamos a ver, ¿quién viene de noche?
- No sé, llegan tarde y no les veo, pero les oigo. Vamos que si los oigo…

Tatiana no se quedó convencida de la versión de Ramiro pero le había escuchado tantas veces decir lo de las dichosas clases nocturnas que bajo su cuenta y riesgo pidió las listas de alumnos y asistencia de los mismos a Pilar, la secretaria que llevaba estos temas.
Espero a las ocho y en cuanto la vio entrar la abordó.
- Buenos días Pilar – le dijo con voz de urgencia
- Buenos días – le contestó ésta pizpireta
- ¿Tienes las listas de asistencia?
- Sí, ¿de qué grupo?
- Del nocturno.
- Tatiana…, no tenemos grupo nocturno – y la miró con cara de extrañeza
- Pues Ramiro dice que de noche se dan clases de flamenco
- No le hagas ni caso. Con las borracheras que agarra no solo es capaz de decir que hay clases nocturnas, si no que las imparte el mismísimo Aznar – sonrió.

A la mañana siguiente volvió a la misma hora, a las cinco, casi le cuesta la misma vida que Ramiro le abriese la puerta pero al final lo logró.
- Señorita, si va a llegar siempre a esta hora se podría pensar ir pidiendo unas llaves.
Tatiana pasó del comentario del comentario.
Esta vez se fue directa al aula de flamenco. El mantón estaba húmedo y se quedó un buen rato mirándolo, luego se sentó en una silla negra que habían dejado en medio de la clase. Al posarse sintió que el asiento estaba caliente, como si alguien se acabara de levantar de ella. Más tranquila pudo percibir un olor extraño, no tenía muy claro si era a sudor. Ahora lo que decía Ramiro ya no se le antojaba tan raro.
Aquella tarde, después de sus clases, pidió a la dirección del centro si se podía quedar a aquella noche a preparar una nueva coreografía. El centro no puso oposición. Claro está, quería saber de primera mano lo que pasa en aquella aula de flamenco.

A las diez y media salía el último alumno y a menos cuarto Ramiro ya había apagado todas las luces excepto la del aula de flamenco, donde ahora bailaba Tatiana.
El bedel se retiró refunfuñando – otra noche con juerga. Cuando no es por una es por otra-

Serían las doce y media cuando Tatiana dejó de bailar, paró la música y se sentó en un rincón.
De repente le entró agobio como si sintiese que la clase estaba llena de gente y oyó: ¡ARSA!, ¡MIRA!, ¡OLÉ, OLÉ!, ¡POM, POM!,
Se despertó tapada con el mantón y aunque recordaba perfectamente el ruido del taconeo, ahora dudaba si había sido sueño o realidad.
Miró su propio reflejo en el espejo y vio que a un lado, con el sudor de un dedo, había escritos lo que parecían tres símbolos chinos.
La señora de la limpieza entró y limpio el espejo, con el polvo los símbolos también desaparecieron.
Tatiana no quiso tentar más a su suerte y durante un mes intentó olvidar lo sucedido, si es que había sucedido algo. Pero pronto la despertaron de su letargo. En el espejo del aula de flamenco de nuevo se podían ver tres supuestos símbolos chinos.

Prohibió tajantemente a la señora de la limpieza limpiar el espejo y allí espero ver pasar a un alumno suyo asiático y le pidió que le dijese que querían decir aquellas imágenes:
“EL SOL NACIENTE”
Tatiana no entendía nada pero estaba convencida que aquellos símbolos se escribían de noche.
Tras la jornada laboral se volvió a quedar en la academia y esta vez permaneció en los vestuarios hasta que oyó a lo lejos: ¡ARSA!, ¡MIRA!, ¡OLÉ, OLÉ!, ¡POM, POM! No se atrevía de salir pero se tenía que armar de valor y averiguar que estaba pasando. Poquito a poco y guardando el máximo silencio se acercó al aula de flamenco. Cuan grande fue su sorpresa cuando vio que dentro había un chico chino que jugueteaba con el mantón.
- Quieto, he llamado a la policía – se marcó el farol
- ¡Tlanquila!, yo buena gente, yo ayudal.
- Ayudal, ¿a qué?, digo ayudar
- Yo ayudal plofesola de flamenco
- ¿A qué profesora te refieres?
- A Ampalo.
- ¿Tú sabes dónde está Amparo?
- Sí, casa de familia.
- Lo de ¡ARSA!, ¡MIRA!, ¡OLÉ, OLÉ!, ¡POM, POM! ¿qué es?
- Mile, glabación. Llevo año y más poniendo pala ayudal a profesola, pelo nadie entelal.
- ¿Y lo del mantón?
- Yo mojal y yo tapal cuando tu quedal dolmida.
- ¿Qué significa “el sol naciente”?
- Lestaulante familial
- ¿Allí está Amparo?
- Sí, mi familia secuestlala pala aplendel flamenco
- ¿Dos años?
- Venil mucha familia de nuevo y ellos también aplendel.
- ¿Por qué no has avisado a la policía?
- Polque familia matal a mi, si sabel
- ¿Cómo está ella?
- Delgada, solo comel aloz y bailal.
- Gracias, yo llamaré a la policía.
- No, policía, no. Si policía, yo molil.
- No te preocupes no daré tu nombre, pero si esto es una milonga te juro que te mato con mis propias manos.
- Todo veldad, todo veldad.

Tatiana esperó al amanecer y así tuvo tiempo de hacerse un esquema de cómo le plantearía todo aquel enredo a la policía. Al final se decidió por el anónimo, llamó desde una cabina pública y dio toda la información. Pasó una semana y Amparo seguía sin aparecer, así que volvió a hacer la misma llamada cada día durante un mes y no lograba que nadie le hiciese caso. Cuando su paciencia estaba llegando al límite,

Amparo apareció sana y salva, delgada pero sana y salva. La policía la había encontrado en el almacén de un restaurante chino – El sol naciente- al desmantelar una red de asiáticos que hacían falsificaciones de bolsos.